Del chico que me trae las verduras

Cada mes, compro una caja de frutas y verduras a un productor independiente de acá, de La Plata, ciudad a la que me vine a vivir a los 17 años con dos amigas y en la que aun resido.

Como vivo sola y esa caja trae un contenido abundante y muy variado, podría decir que representa casi el 100% de mi alimentación. Sumo queso, huevos, legumbres y algo de carne a veces, y es todo.

La caja en total pesa 17 kilos, y la conformación de su contenido se mantiene más o menos variable con el correr de los meses. Los cambios que puede llegar a experimentar dependen de la estación del año, que a veces propicia la cosecha de unos productos y no de otros, pero en términos generales son siempre los mismos: papas, calabaza, cebollas, batata, zapallitos, lechuga, espinaca, rúcula, tomates, naranjas, mandarinas, bananas, frutillas, peras.                                                     

La persona que me lo trae, un chico que ronda los 30 años, contagia alegría. Responde los mensajes de pedidos muy amablemente, con emojis y muchos signos de admiración. Siempre está sonriente, saluda enérgicamente con un beso, sube la caja en el ascensor del edificio sin necesidad de que se lo pida y se despide agradeciendo más de una vez. Es lindo, alto y delgado. Tiene el pelo rubio, ondulado y largo hasta los hombros, usa un solo arito y ropa grande, suelta, informal. En cuanto escuché por primera vez su voz a través del portero eléctrico y luego lo vi, pensé: “No podía ser de otra manera”. Tiene un aspecto que se condice absolutamente con su actividad. Es una persona que está en contacto con la naturaleza, con productos sanos, recién sacados de la tierra, al aire libre, abajo directo del sol. Transmite una paz y una relajación, a pesar de su vitalidad, de alguien que no lidia -o al menos parece no hacerlo- con los pequeños malestares diarios de quienes tenemos otro tipo de trabajo: cumplir órdenes de jefes, responder solicitudes de personas maleducadas, enloquecer ante cada corte del servicio de internet por no poder continuar con las tareas, correr atrás del reloj. El hecho de que, siendo hombre, use aritos (y en este caso, solo uno) y el pelo largo, habla también de la poca importancia que tienen para él los estereotipos estéticos socialmente establecidos para hombres y mujeres. Parece una nimiedad mencionar esto en el siglo XXI, pero no deja de haber personas que aún actúan/sufren/se cobijan según/por/bajo dichos estándares. Su ropa también está alineada con estas características. Es un tipo de vestimenta clásica, deportiva y confortable, que le permite estar cómodo para bajar y subir del vehículo con algo pesado en los brazos. No ostenta moda ni estilo ni glamour, es absolutamente sencilla y funcional. Parece ser de alguien desprejuiciado, sin ambiciones materiales desmedidas, con conciencia ambiental.

Se llama Leopoldo, nombre bastante poco común para alguien de su edad, y cada mes, cuando me toca el timbre, escucho un “Anto, ¡soy Leo!” con un tono de cantito que indefectiblemente me alegra. Ni hablar cuando subo con todas las frutas y verduras para lavarlas y guardarlas por color, armando la pantonera más espectacular de todas.






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